La IA como el objeto siempre disponible
Algunas reflexiones sobre inteligencia artificial, ausencia y vida psíquica contemporánea
En los últimos años, muchas personas han comenzado a relacionarse con la inteligencia artificial de formas cada vez más íntimas y cotidianas. No únicamente para resolver tareas prácticas, sino también para pensar, organizar emociones, buscar compañía, hacer preguntas difíciles o encontrar un espacio donde sentirse escuchadas.
Quizá parte del impacto que genera la IA no tiene que ver solamente con la tecnología en sí misma, sino con aquello que representa emocionalmente en un momento histórico particular.
La posibilidad de un objeto siempre disponible. Un objeto que responde de inmediato, que se adapta al sujeto y sus deseos, que acompaña sin exigir, que permanece ahí como una presencia que parece organizada alrededor de la necesidad de quien consulta, sin grandes silencios y sin la complejidad inevitable que aparece en los vínculos humanos.
Tal vez una de las preguntas más interesantes no sea únicamente qué puede hacer la inteligencia artificial, sino qué tipo de deseo contemporáneo encuentra en ella un lugar donde desplegarse.
Los vínculos humanos implican inevitablemente cierta fricción. El otro no existe únicamente para responder a nuestras necesidades. Tiene tiempos propios, límites, ausencias, contradicciones, necesidades y formas de pensar que no siempre coinciden con las nuestras. A veces está disponible; otras veces no. A veces comprende; otras veces confronta o decepciona, dando lugar a que se expanda nuestra vida interior, aunque puede resultar incómodo, esto forma parte de la experiencia de encontrarnos con el otro.
La inteligencia artificial, en cambio, puede producir algo distinto: la sensación de una presencia que se adapta continuamente a nuestra perspectiva, a nuestro ritmo y demandas. Un tipo de objeto que parece permanecer ahí sin retirarse demasiado, sin imponer su propia subjetividad y sin confrontarnos constantemente con la experiencia de la ausencia. Quizá por eso la relación con la IA también abre preguntas sobre nuestra dificultad contemporánea para tolerar ciertos estados psíquicos: el silencio, la espera o la capacidad de estar a solas.
En una cultura cada vez más organizada alrededor de la inmediatez, la disponibilidad constante y la reducción de la fricción, permanecer a solas con el pensamiento puede convertirse en algo cada vez más difícil de sostener. No siempre resulta sencillo habitar el vacío, la incertidumbre o tolerar que el otro no esté completamente disponible para nosotros.
Desde una perspectiva psicoanalítica, la capacidad de estar solo nunca implica únicamente ausencia física de los otros. También tiene relación con la posibilidad de sostener internamente ciertos vínculos incluso cuando el objeto no está presente de manera inmediata. Algo que analistas como Donald Winnicott observaron, es que esta capacidad se construye lentamente a partir de experiencias de presencia, ausencia, frustración y reparación dentro de los vínculos humanos.
Por ello, resulta interesante preguntarnos qué ocurre cuando ciertas experiencias que antes requerían tiempo y elaboración comienzan a ser reemplazadas por objetos que responden casi de forma instantánea a nuestra necesidad emocional o intelectual ¿dónde queda nuestra capacidad de integración?
Esto no necesariamente convierte a la inteligencia artificial en algo negativo ni reemplaza la complejidad de los vínculos humanos. Pero tal vez sí nos permite pensar algo sobre nuestro momento histórico: la creciente dificultad de tolerar la ausencia, la incertidumbre y la existencia del otro como alguien separado de nosotros.
Porque, después de todo, los vínculos humanos nunca son completamente cómodos. El otro aparece y desaparece. Tiene deseos propios. A veces comprende y otras veces no. Y quizá es precisamente esa alteridad —esa imposibilidad de controlar la respuesta del otro— es lo que vuelve posible algo del amor, del deseo y también de la vida psíquica.
En un mundo donde comienzan a existir objetos cada vez más disponibles, adaptables y permanentemente accesibles, quizá valga la pena preguntarnos qué lugar seguirá teniendo la experiencia de extrañar, habitarse y pensarse incluso cuando nos atemorice entrar al bosque de lo desconocido.