Detrás de la sonrisa de una Catrina
Sobre el humor, la finitud y la picardía mexicana ante la muerte.
«Vuelvo a ti sin temores ni esperanza».
— Ignacio Ramírez, citado por Octavio Paz en El laberinto de la soledad.
El olor a cempasúchil y el dulzor del pan de muerto me han llevado, una vez más, a reflexionar sobre la cultura mexicana y su peculiar sentido del humor frente a la muerte.
Convivo en un entorno multicultural y siempre me ha llamado la atención el contraste entre nuestra manera de hablar de la muerte y la incomodidad, el silencio o incluso el rechazo que este tema puede despertar en otras personas. Lo que para algunos resulta sombrío o perturbador, para nosotros puede convertirse en motivo de celebración, encuentro e incluso risa.
Desde niña, la finitud fue uno de los temas que más despertaron mi curiosidad. Quizá porque crecí muy cerca de la cultura maya y de su Hanal Pixán, aquella celebración en la que, durante tres días, las ánimas de nuestros muertos se convertían en protagonistas de la vida cotidiana. Había algo profundamente fascinante en la posibilidad de que quienes ya no estaban pudieran, de alguna manera, volver a visitarnos. La posibilidad de un reencuentro.
Recuerdo también mi admiración por La Catrina, siempre elegante, altiva y segura de sí misma. Me daba la impresión de que sonreía enigmáticamente porque guardaba un secreto que nosotros todavía no estábamos preparados para conocer. Había en ella una serenidad desconcertante: la muerte misma parecía mirarnos con cierta ironía, como si supiera algo que a los vivos se nos escapaba.
Con los años, esa fascinación infantil se ha transformado en una pregunta: ¿qué hay detrás de nuestra particular manera de mirar a la muerte? Octavio Paz, en El laberinto de la soledad, reflexiona sobre la capacidad del niño para crear, mediante la magia, un mundo que le permita responder a su soledad. Me pregunto si algo semejante sucede con nuestros rituales: si la posibilidad imaginaria del reencuentro con quienes ya no están nos permite hacer más habitable la ausencia y, quizá, nuestra propia finitud.
Haber crecido en México me parece, hoy más que nunca, un privilegio. Somos herederos de una historia compleja y, en muchos momentos, desgarradora. Distintas sociedades prehispánicas atravesaron profundas transformaciones, rupturas y pérdidas durante la Conquista y la Colonia. Más tarde, generaciones de migrantes llegaron con la nostalgia de las tierras que los vieron nacer, llevando consigo sus propias formas de recordar, celebrar y despedirse. Podemos encontrar huellas de esos encuentros en nuestra gastronomía, como sucede con la cocina libanesa, que a través de sus sabores logró anclarse a las memorias de otros mares.
Nuestra cultura se ha construido también a partir de esas ausencias, de encuentros y desencuentros, de tradiciones que desaparecieron y de otras que encontraron nuevas formas de permanecer.
No quisiera afirmar que esa historia nos haya hecho inmunes al dolor o más valientes frente a la muerte. Quizá sería más preciso decir que hemos heredado un lenguaje simbólico extraordinariamente rico para relacionarnos con ella.
Ahí es donde el psicoanálisis puede encontrar un rincón: en ese esfuerzo por dar sentido a aquello que no podemos comprender del todo y que encuentra una vía de expresión a través de nuestros rituales. Un altar podría narrarnos algo de la atmósfera del mundo interno de quien lo crea, donde cada objeto está cargado de una emocionalidad representada en colores, sabores y texturas. Una expresión material de ese espacio psíquico, siempre vivo y atemporal donde quienes ya no están continúan ocupando un lugar.
En México, la muerte tiene nombre, rostro y personalidad. La vestimos, le escribimos versos, la convertimos en personaje. La invitamos a nuestra mesa y, con una irreverencia muy nuestra, nos permitimos hacerla objeto de burla.
Explicarle a alguien que no ha crecido con estas tradiciones que el Día de Muertos es también una celebración de la vida puede parecer contradictorio. Sin embargo, es precisamente esa paradoja la que encuentro conmovedora.
Celebramos la vida de nuestros ancestros y de quienes amamos. Nos detenemos a recordar sus historias, sus gustos, sus pequeñas costumbres. Preparamos aquello que disfrutaban, pronunciamos nuevamente sus nombres y les reservamos un lugar entre nosotros.
Por unos días, la ausencia adquiere una forma visible.
No porque quienes murieron hayan dejado de faltarnos, sino porque encontramos una manera de hacerles espacio en nuestra vida presente.
Y en medio de esa intimidad con la pérdida aparece algo inesperado: la risa.
Sigmund Freud dedicó una obra entera a estudiar el chiste y su relación con lo inconsciente. En El chiste y su relación con lo inconciente (1905), explora cómo ciertas formas de ingenio permiten expresar pensamientos, deseos y tendencias que habitualmente encuentran obstáculos para manifestarse.
El chiste puede burlar prohibiciones, cuestionar autoridades y encontrar placer allí donde la censura impone restricciones. A través de la condensación, el doble sentido y otros recursos, algo que difícilmente podría decirse de manera directa encuentra una vía de expresión.
Pienso inevitablemente en nuestras calaveritas literarias. En ellas, la muerte viene por nosotros, por nuestros amigos, por los personajes públicos y hasta por quienes parecen intocables. Nadie está completamente a salvo de sus ocurrencias. Las jerarquías se desdibujan y aquello que habitualmente nos inspira temor se convierte, por unos versos, en motivo de risa.
La muerte deja de ocupar exclusivamente el lugar de lo terrible. Podemos caricaturizarla, ridiculizarla y jugar con ella. Pero Freud establece una distinción importante entre el chiste y el humor.
En su breve ensayo El humor (1927), plantea que este último constituye una particular manera de responder a las circunstancias dolorosas de la existencia. Ante una realidad que podría imponernos sufrimiento, el humor introduce una transformación en nuestra actitud afectiva.
No modifica los acontecimientos ni hace desaparecer aquello que nos amenaza. Lo que cambia, por un instante, es nuestra posición frente a ello. Freud encuentra en el humor algo más que una búsqueda de placer: reconoce una actitud de desafío, una negativa a concederle a la realidad dolorosa un poder absoluto sobre nuestra vida psíquica.
Y quizá sea ahí donde la picardía mexicana ante la muerte adquiere una dimensión particularmente interesante.
Porque cuando nos burlamos de ella no estamos necesariamente negando su existencia. Sabemos que llegará, que no podremos negociar con ella y que, tarde o temprano, tendremos que enfrentarnos a la pérdida de quienes amamos y a nuestra propia desaparición.
Sin embargo, nos permitimos reír.
Es una forma de irreverencia ante aquello que jamás podremos controlar.
Aunque sería ingenuo pensar que toda risa implica una elaboración del miedo. El humor también puede convertirse en una manera de mantener a distancia aquello que nos resulta insoportable. Podemos reír para no llorar, bromear para no hablar o convertir en caricatura aquello que todavía no podemos mirar de frente.
La misma risa puede contener desafío y evasión, libertad y defensa. Lo verdaderamente interesante no es decidir cuál predomina, sino reconocer que ambas pueden coexistir.
Al comienzo de estas reflexiones recordaba aquellos versos de Ignacio Ramírez que Octavio Paz recupera en El laberinto de la soledad. En ellos, el regreso a la naturaleza aparece despojado de promesas y temores.
Hay algo sereno en esa imagen, aunque no necesariamente fácil de alcanzar.
Quizá nuestra relación con la muerte nunca pueda quedar completamente libre de angustia. Tal vez tampoco tendría por qué estarlo. Amar la vida implica, inevitablemente, abrirse a la muerte.
Pero me gusta pensar que, entre el miedo y la aceptación, existe también un espacio para el humor. Un lugar desde el cual podemos reconocer nuestra fragilidad sin quedar enteramente sometidos a ella.
Y nuevamente me pregunto: ¿podremos sonreír junto a La Catrina cuando la tengamos de frente?