¿En qué idioma sentimos?
¿Puede una palabra tener algo parecido a una biografía afectiva? Llegué a esta pregunta mientras decidía en qué idioma leer Blanco, de la escritora coreana Han Kang, quien recibió el Premio Nobel de Literatura en 2024.
Mi impulso inicial fue comprarlo en inglés. Leo con frecuencia en ese idioma y, en principio, no había ninguna razón para no hacerlo. Sin embargo, mientras pensaba en el libro, me surgió una duda: ¿podría llegar igual de profundo?, ¿sentiría las palabras de la manera que una obra como ésta necesita? Instintivamente, mi respuesta fue no. Elegí leerlo en español, mi lengua materna. Sentí que sería más enriquecedor permitir que el libro me atrapara desde ahí, particularmente porque Blanco atraviesa temas que me interesan profundamente: la ausencia, el duelo, la pérdida y la transformación.
Pero la decisión me dejó pensando. ¿Qué cambia cuando cambiamos de idioma?
Quienes hablamos más de una lengua sabemos que traducir una palabra no necesariamente significa conservar intacta la experiencia que produce. Podemos conocer perfectamente su definición y, aun así, sentir que algo cambia.
Pienso, por ejemplo, en duelo y grief.
Sé qué significa grief. Puedo leerla, escribirla y hablar sobre ella. No necesito traducirla mentalmente para comprenderla. Y, sin embargo, grief no pesa dentro de mí exactamente igual que duelo.
¿Por qué? Quizá porque las palabras no llegan a nosotros vacías. Una palabra que escuchamos durante años empieza a quedar ligada a escenas, personas, conversaciones, libros, pérdidas. Algunas fueron pronunciadas cuando todavía éramos niños. Otras llegaron mucho después. Entonces comencé a preguntarme si las palabras, además de un significado, podrían tener algo parecido a una biografía afectiva. Una historia de todo aquello que ocurrió mientras aprendíamos a nombrar el mundo con ellas.
Desde la lingüística, Ferdinand de Saussure propuso pensar el signo a partir de la relación entre significante y significado. Décadas después, Jacques Lacan retomaría esa relación para el psicoanálisis, pero haciendo del significante algo mucho menos estable de lo que intuitivamente podríamos imaginar. Tal vez con nuestra historia ocurra algo parecido.Las palabras que usamos hoy están atravesadas por todas las otras palabras con las que alguna vez estuvieron enlazadas.
Duelo puede haber estado cerca de muerte, pero también de divorcio, hospital, despedida, país, hijo. Puede estar unida al tono de voz de alguien, a una habitación, a una conversación que ocurrió hace veinte años.El diccionario no contiene ninguna de esas asociaciones. Nosotros sí, por eso, dos palabras que aparentemente significan lo mismo pueden no ocupar el mismo lugar dentro de nosotros. Y quizá por eso cambiar de idioma puede producir algo más que una traducción.
He notado que algunas personas —yo incluida— recurrimos a una segunda o tercera lengua cuando tenemos que hablar de algo particularmente doloroso. Como si al cambiar de idioma pudiéramos mover ligeramente la experiencia de lugar. Podemos contarla, pero desde unos centímetros más lejos. No necesariamente porque esa lengua sea emocionalmente pobre, sino porque ciertas palabras todavía no están tan pobladas.
En ocasiones esa distancia puede parecer una defensa. Pero reducirla únicamente a eso sería perder algo importante. Porque cierta distancia también puede permitirnos pensar aquello que, estando demasiado cerca, resulta difícil nombrar.
A veces necesitamos alejarnos un poco de una experiencia para poder acercarnos a ella.
En la clínica, esto abre una pregunta interesante ¿Qué ocurre cuando una persona bilingüe cambia de idioma justo cuando empieza a hablar de algo doloroso? Podríamos apresurarnos a traducir. Buscar la palabra equivalente y continuar como si nada hubiese ocurrido. Pero quizá el cambio mismo sea parte de lo que está diciendo.
¿Por qué esta historia puede contarse en inglés y no en español?
¿Por qué grief puede pronunciarse mientras duelo todavía resulta insoportable?
Desde el psicoanálisis, la palabra nunca es solamente un vehículo que transporta información. Lacan llega a sostener que cuando hablamos nuestro discurso dice más de lo que creemos estar diciendo. Quizá por eso, frente a alguien que cambia de lengua en medio de una sesión, no siempre sea necesario preguntar inmediatamente qué significa la palabra. A veces puede ser más interesante preguntarse qué hizo posible decirla en esa lengua.
Por supuesto, tampoco sería correcto pensar que la lengua materna siempre es la lengua de mayor profundidad emocional. Podemos enamorarnos en una segunda lengua.Podemos construir una familia en ella, recibir una noticia devastadora, despedirnos de alguien, atravesar una enfermedad o pasar décadas viviendo lejos del idioma en el que pronunciamos nuestras primeras palabras.
Con el tiempo, esa otra lengua también empieza a llenarse de anécdotas, olores o imágenes. Quizá entonces la pregunta no sea cuál es nuestra lengua materna, sino qué vida, qué parte de nuestra personalidad hemos vivido dentro de cada lengua.
Todavía no he terminado Blanco.
Pero aquella pequeña vacilación frente a dos ediciones del mismo libro me hizo pensar que elegir el idioma en el que leemos, amamos, discutimos o contamos nuestras pérdidas quizá nunca sea una decisión completamente neutra. Las palabras tienen significados pero también tienen recuerdos.
Quizá por eso hay cosas que podemos decir en una lengua y no en otra.
O quizá la pregunta sea otra:
¿En qué idioma habitan nuestras experiencias?